Sobrevaloramos las ideas e infravaloramos el método


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Desde hace tiempo me he dado cuenta de que tendemos a magnificar el concepto de idea. Entendamos idea en el contexto habitual del mundo startup o del mundo empresarial, es decir, esa luz que se nos enciende y que nos lleva a montar un negocio.

Si pudiera preguntaros cuántos de vosotros habéis pensado alguna vez en que sería genial montar una empresa para fabricar/desarrollar/vender un determinado producto, probablemente la mayoría levantaríais la mano. Os ha pasado, ¿no? Eso de estar tan haciendo tu vida cotidiana, encontrarte con un problema y pensar “¿a nadie se le ha ocurrido solucionar esto?“. Todos tenemos un poco de emprendedor, ¿no? “Si hiciéramos eso?“, “Si montáramos aquello?“. Bueno, pues mucha gente constituye un negocio. Concretamente, casi 100.000 empresas nacen cada año en España? La triste desventura es que la mayor parte no sobrevive a medio plazo.

Esto te hace reflexionar. De cada 10 startups, sólo el 55% consigue seguir de pie tras su primer año de vida. Y tan sólo un 10% llegan al tercero. ¿Qué ocurre? ¿Acaso casi todas han montado sus negocios en base a una mala idea de negocio? ¿Somos tan necios que nos aventuramos empresarialmente con cualquier idea, por absurda que ésta sea? Además, muchas startups reciben ayuda en forma de capital gracias a inversores, ¿acaso estos inversores también son necios?

La realidad es que, entre toda esa amalgama de ideas de negocio, las habrá buenas, malas y regulares. Cuando creamos una empresa y conseguimos inversión (ya sea ésta de familia o amigos, o bien de inversores profesionales), les vendemos la idea de negocio, y un esbozo de cómo hacerla realidad. ¿Dónde está el problema, entonces? ¿Falta de capital? ¿Exceso de competencia? ¿Mercados demasiado cambiantes?

Es evidente que cada empresa (idea) tiene una historia detrás, así como un porqué. Pero lo que he visto a lo largo de mis años en el mundo del sector online es que los empresarios están tan obsesionados con la idea (¡su idea!) que se han olvidado de algo que es más importante, si cabe, que la misma. Y eso es la ejecución. Nuestras empresas no necesitan ideas brillantes, sino un buen plan de ejecución. A veces creemos que nuestra idea tiene que funcionar porque sí, porque es nuestra y es buena. La montamos como podemos y tiramos hacia adelante. Si en el camino aparecen piedras, ya las saltaremos como mejor podamos. Y eso es un grave error: necesitas un plan de ejecución y, para tener uno consistente, necesitas método.

El éxito de una idea no es directamente proporcional a la calidad de la misma, si no a la calidad de su desarrollo, de su ejecución

Creer o no en metodologías no es opcional. Todos creemos en ellas incluso cuando no sabemos que lo hacemos. Usamos método a todas horas y no nos damos cuenta. Siempre que buscamos un resultado óptimo, usamos metodologías. Por ejemplo, en una actividad tan cotidiana como cocinar. No metemos las cosas de cualquier manera en la cazuela, ¿verdad? Si hacemos una tortilla, seguimos un procedimiento: primero pelamos y cortamos las patatas de una determinada manera, echamos una cantidad específica de aceite en la sartén, rompemos los huevos? La primera (y última) vez que intenté hacer una tortilla de patatas, tuve la genuina idea de hacerla a lo loco, sin preguntar a nadie. Más o menos sabía cómo iba el asunto, pero realmente no lo había hecho nunca y desconocía muchos detalles. El resultado fue el esperado: una bochornosa masa informe. Era deficiente tanto en sabor como en forma. Se la di a probar a mi hija y a los cinco minutos ya le había hecho unas salchichas porque, si no, la pobre se quedaba sin cenar.

Para hacerla bien (o, al menos, comestible) tan sólo hubiera tenido que preguntar a mi mujer o a mi madre y seguir el método que ellas tienen perfeccionado.

Usamos método para casi todo. Para conducir usamos un método. Sabemos que primero hay que introducir la llave para arrancar, después necesitamos cambiar de marcha, para lo que apretamos el embrague? Nadie conduce como quiere, se necesita una metodología detrás (siempre que busquemos resultados óptimos).

¿Por qué no usamos método en nuestro negocio? Una empresa es una aventura mucho más compleja que hacer una tortilla de patatas. Hay muchísimos factores que afectan a cualquier aventura empresarial, necesita de más método que la mayor parte de actividades que nos rodean.

Me he preguntado mucho sobre ello. He conocido a muchos clientes, a muchos emprendedores, que no quieren usar método. Opinan que no lo necesitan. Algunos de ellos sí usan metodologías pero no lo saben, simplemente opinan que están actuando de forma lógica (y así es, toda metodología certera está basada en el sentido común). Muchos otros simplemente tiran hacia adelante, sin saber qué hacer o presuponiendo muchas cosas que no son ciertas. Tener un negocio es demasiado duro, exigente y arriesgado como para no ser metódico.

Por fortuna, hay gente muy inteligente en el mundo que ha ido desarrollando, a través de los años y su experiencia, metodologías para que la gente como yo, que somos de inteligencia más bien moderada, podamos hacer llegar a buen puerto muchas ideas. ¿Significa esto que una buena metodología me garantiza el éxito? Por supuesto que no, pero sí te garantiza dos cosas:

  1. Que, si tu idea no tiene futuro empresarial (por la razón que sea, quizás no sea culpa tuya), lo descubras en fases tempranas del desarrollo del negocio, no cuando ya lo has apostado todo.
  2. Que si tu idea puede funcionar mejor, funcionará mejor. Llegarás antes a tus objetivos, y de forma más sana y menos arriesgada.

Yo, particularmente, uso metodología Lean, aplicable a muchos tipos de negocios e, incluso, a aspectos de la vida. Pero hay más, muchas más. Es importante que te asegures de que tienes un buen plan, un plan documentado y asentado en una metodología que haya demostrado que funciona. Entonces, tendrás más posibilidades de tener éxito con tu idea.

Y aquí es donde viene el GRAN PERO. Usar metodología para tu negocio conlleva, en muchos casos (casi todos, según mi experiencia), cambiar algo tu idea, moldearla, transformarla en otra cosa parecida pero no exactamente igual. Es lógico, ¿no? Cualquier método te va a invitar a hacer cambios para mejorar tu producto o servicio, o a cambiar el segmento de clientes al que te diriges, o hacer las cosas de otra manera? porque las conclusiones que irás obteniendo en los diferentes ciclos de vida de tu producto o servicio te llevarán a tomar diferentes caminos. Y, claro, si te modifican la idea, ésa con la que sueñas, ésa que te ilusiona tanto que has apostado todo por ella, ésa por la que tantas lágrimas se han derramado? ¿entonces qué? Es casi como un hijo, lo quieres tal cual fue concebido en tu mente, no te imaginas que pueda ser de otra manera.

¿Os imagináis que Mark Zuckerberg, creador de Facebook, hubiera dicho “No, no, nada de una red social entre conocidos o amigos, mi plataforma es un directorio de estudiantes de Harvard y así se va a quedar“? La idea original de Facebook no tiene nada que ver con el producto en que se ha convertido. Mark Zuckerberg vio que podía (y debía) dar varios giros a su idea para hacerla exitosa, y no dudó en hacerlo. ¿Que al final Facebook era distinto a como había imaginado? Sí, pero eso sólo es un problema para los románticos. Para las personas pragmáticas no debería serlo.

El año pasado estuve leyendo sobre un estudio psicológico en el que se trataba de determinar cómo reacciona el cerebro humano cuando una persona tiene una fuerte convicción y alguien de su entorno le dice que no tiene razón. Resulta que en el cerebro se activan las mismas zonas que cuando estamos en una situación peligrosa. Es más, cuanto más cercana para nosotros es la persona que dice no estar de acuerdo con nosotros, la reacción del cerebro es más violenta. Por eso nos enfadamos o negamos la posibilidad de que la otra persona pueda tener razón cuando nuestra convicción es sólida y alguien trata de derribarla. Esta reacción del cerebro, que no deja de ser un mecanismo de defensa ante los ataques exteriores, es peligrosa cuando cometemos el error de enamorarnos de nuestra propia voz. Sí, las personas que emprendemos tendemos a creernos el discurso que les damos a los demás. Puede ser un discurso de ventas o un discurso de justificación, pero cuando tenemos una idea y nos desvivimos por ella, enumeramos una serie de razones por las cuales dicha idea es buena, es viable y merece la pena apostar por ella.

  • Mira, mi producto es diferente porque hace cosas que la competencia no hace.
  • Nuestro producto no es como el de la competencia debido a que?
  • Somos la mejor elección del mercado porque?

Hay un momento en que repites las mismas máximas de forma tan continua que las adoptas como verdades absolutas, y puede que no lo sean.

Enhorabuena, has conseguido venderte tu producto a ti mismo

He reparado en que cuantas mejores aptitudes comerciales tiene el emprendedor, más fácil es que acabe asimilando su discurso de venta hasta verlo como un axioma (verdad absoluta). Esto es muy peligroso, pues cuando alguien trata de hacernos poner los pies en la tierra, nuestro cerebro se pone en alerta y trata de impedirlo, reaccionando como si nos hubieran atacado.

Así que, volviendo al tema original, intentemos darle menos relevancia a nuestra idea y darle un poco más de importancia a la ejecución de la misma. Sólo necesitamos método.

Alguien puede decir “Pero yo no sé trabajar así, no conozco esas metodologías“. No pasa nada. Puedes intentar aprender. En mi blog tienes muchos episodios en que hablamos de cómo afrontar el negocio desde cero, pero hay más sitios en internet donde puedes formarte. Y, si no quieres o no puedes, contrata a alguien que sí sepa. O puedes pedir una consultoría. No es necesario tener encima a alguien controlando el ciclo de vida de tu producto a cada paso, pero sí es conveniente tener un guía que cree un plan de acción que tú puedas ejecutar.

Sé que es duro dejar a nuestras ideas en manos de otros, pero aquí es inteligente dejar que un ejecutor ejecute. En España, la mayor parte de los CEOs son los socios fundadores. Hay países donde eso es absolutamente impensable. ¿El hecho de que hayas tenido la idea y la convicción de levantar una empresa te convierte en la persona apropiada para dirigir cada uno de los aspectos del negocio? Puede que sí o puede que no. De ti depende saber cuándo dar un paso lateral y pedir ayuda.



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